Esta semana pude leer una iniciativa de ley que se está preparando en China la cual, si se llegara a aprobar, sería –o mejor dicho ya es– tema de mucha controversia. Básicamente lo que se busca con esta ley es que el gobierno chino pueda “calificar” a los ciudadanos a partir de diversos factores, tales como su historial crediticio, su desempeño laboral, si ha sido infraccionado por algún delito o falta administrativa, entre otros aspectos de la vida cotidiana.

A partir de esta “calificación” los ciudadanos chinos tendrían determinados beneficios o perjuicios, según la clasificación que reciben, por ejemplo, un ciudadano con una baja “calificación” podría perder la oportunidad de acceder a determinados empleos, sus hijos podrían no ser admitidos en algunas escuelas, o bien, esta persona podría inclusive quedar exento de acceder a determinados créditos o préstamos, o acceder a éstos por un monto mucho menor que al que podría recibir un ciudadano con una mejor calificación.

Este tema ha causado ya mucha controversia a través de la Internet, pues muchos cibernautas opinan que el simple hecho de considerar una iniciativa de este tipo es un atentado en contra de las garantías individuales de cada ciudadano, y que realmente son una muestra del deseo de casi todos los gobiernos del mundo por tener el control absoluto de todo lo que los ciudadanos podemos hacer, decir y también dejar de hacer.

Por otro lado, hay quienes opinan que, sin llegar a los extremos que plantea esta ley, ciertamente es necesario que todos los ciudadanos aprendamos que LO QUE HACEMOS TIENE CONSECUENCIAS, que todo aquello que hacemos o decimos, y también lo que no, causa repercusiones que muchas veces no pensamos.

Por ejemplo, en otros países del mundo cuando un ciudadano comete una infracción de tránsito, se le van restando “puntos” a su licencia de manejo y, cuando este carnet no cuenta con los suficientes puntos, es automáticamente dada de baja y el conductor ya no podrá manejar hasta que arregle su situación. En México, de forma constante, los ciudadanos quebrantamos la ley muchas veces de manera consciente, y aún en los remotos casos en que somos descubiertos, todo se puede arreglar, como se dice coloquialmente, “bajo el agua”, por medio de la ya consabida “mordida” al agente de vialidad que nos descubrió cometiendo la infracción.

Considero que no es necesario llegar a medidas tan draconianas como la que se propone en China para que, como ciudadanos, aprendamos a vivir respetando la ley, pues al final debemos entender que siempre hay alguien que sabe cuándo hemos actuado de manera incorrecta y esos somos nosotros mismos y nuestros familiares, especialmente los niños y jóvenes que gracias a nosotros pueden aprender a obedecer o a ignorar la ley, con las consecuencias que estas dos actitudes tan diferentes pueden traer.