Editorial

Hace mucho tiempo, en una tierra muy lejana, había un rey que tenía a un sirviente como ningún otro, quien siempre sonreía sinceramente, era afable, hacendoso y tenía una palabra de ánimo y aliento para todos; este sirviente era querido por todos –incluido el rey mismo– por su forma de ser y la alegría que irradiaba a donde quiera que fuera.

El rey, celoso de la alegría de su sirviente, decidió quitársela y consultó con uno de sus consejeros, quien le recomendó al rey que le entregara a su sirviente una bolsa llena de monedas de oro, diciéndole que eran 100 monedas pero echando dentro de ella solamente 99; esa noche, el sirviente volvió a casa y, detrás de él, el rey iba siguiéndolo sigilosamente; el rey observó cuando su siervo sacaba muy feliz las monedas de la bolsa, comenzaba a contarlas y apilarlas y también vio el momento preciso en que el semblante del sirviente cambió al darse cuenta que la última pila de monedas era más pequeña que las otras; el rey vio con qué desesperación su sirviente sacudió la bolsa, pensando que la moneda se había quedado adentro, y cómo buscó desesperadamente por la mesa, el suelo, debajo de los muebles, pensando que la moneda que faltaba se cayó en un descuido; finalmente, el rey pudo ver que su siervo, ya enojado, sacaba un pedazo de papel y se puso a hacer cuentas para saber por cuánto tiempo tendría que seguir trabajando para ahorrar el dinero para comprar una moneda de oro más.

Al día siguiente, el rey notó a su sirviente completamente cambiado, hastiado, molesto, haciendo apenas el mínimo de lo que debía para mantener su trabajo, pero ya sin ningún entusiasmo o alegría; ahí el rey se dio cuenta que antes su sirviente, aunque tenía poco, era feliz con lo que tenía pero ahora que tenía un tesoro tan grande, era incapaz de disfrutarlo porque, dentro de él, había la obsesión de que todavía le faltaba “un poco más” para que su felicidad fuera completa, sin darse cuenta que esa felicidad cada vez se alejaba más de él por perseguir algo que realmente no lo hacía feliz.

De todo corazón deseo que usted en este año 2018 que estamos comenzando pueda disfrutar –o siga disfrutando– de todas las cosas buenas que tiene en su vida, dejando de frustrarse BUSCANDO LA MONEDA QUE FALTA pues, si ésta va a llegar a usted, llegará así la esté buscando o no, y si no va a llegar, usted aún tiene una gran riqueza –salud, familia, amigos, tranquilidad– a su alrededor.

Recuerde que las mejores cosas de la vida no se pueden comprar con dinero, y son tan fugaces que a veces, por estar tan obsesionados buscando un simple ideal que la sociedad nos ha querido vender, podemos acabar perdiéndonos los momentos más hermosos y significativos de nuestra vida.

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