Editorial

Uno de los mayores impedimentos para nuestro crecimiento como sociedad es la incapacidad que tenemos para reconocer nuestros errores o faltas; fácilmente podemos señalar los defectos de nuestros gobernantes, de los partidos políticos, de los líderes religiosos, de cualquier otra persona, pero nuestros fallos y omisiones nos son invisibles.

Sin embargo, hasta cierto punto –según los expertos– esta actitud es muy común en los seres humanos, y hasta se le ha dado un nombre especial: “miopía selectiva”, que implica que nosotros en ocasiones –de manera consciente o subconsciente– decidimos no ver ciertos aspectos de nuestra personalidad; lo verdaderamente lamentable no es que ignoremos nuestros defectos, sino que inclusive los defendamos o justifiquemos cuando alguien más nos los señala.

Muchos de nosotros, cuando escuchamos que alguien más señala nuestros defectos, inmediatamente BUSCAMOS LA FORMA DE JUSTIFICARNOS, generalmente culpando o acusando a otros de hacer cosas peores, o bien simplemente buscando la manera de distraer la atención hacia otras personas, inclusive sacando a colación las fallas de quien nos señaló las nuestras.

Un claro ejemplo lo tenemos con los motociclistas que circulan diariamente en toda la región; la gran mayoría no cumple con los lineamientos que el Reglamento de Tránsito exige, empezando por portar el casco de protección y traer sus documentos en regla, amén que muchos de ellos, confiados en la versatilidad de su vehículo, manejan de manera sumamente imprudente, exponiéndose a sí mismos y a otros a accidentes muchas veces de fatales consecuencias.

Y aunque a través de éste y otros medios de comunicación de la región se ha hecho énfasis en diferentes ocasiones de lo importante que es cumplir con estas normas, la mayoría de motociclistas (especialmente aquellos que no las cumplen) se quejan y señalan que es una “cacería de brujas” en su contra, no faltan los que inclusive señalan que los que colaboramos en los medios de comunicación buscamos desacreditarlos, todo en lugar de aceptar que tal vez hay cosas que están haciendo mal y que podrían mejorar pues, al final de cuentas, ellos mismos son los que sufrirán las consecuencias de obedecer o no las leyes de tránsito. 

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